lunes, 12 de enero de 2009

Aquella noche

El tipo en cuestión entra en el local. El ruido lo perturba momentaneamente, el tiempo justo para concienciarle de que, lo que verdaderamente necesita, es un buen trago de ginebra mientras adapta su sistema auditivo al ambiente.

Con el riguroso luto que arrastra desde hace unos cuantos siglos se acerca a la barra, donde una camarera poco comunicativa cambia su vale por la bebida solicitada. Paladea brevemente el vaso antes de darse la vuelta y contemplar la penumbra que se extiende ante él. Por lo menos esta vez no le han dado garrafón.

El cuadro es clásico. Manadas de humanos macho vagan por el local olfateando, aunque sin saberlo, el olor de las hembras. Género que, por cierto, destaca por encima de la multitud. No sabe bien si por la secrección de feromonas que al momento hace arder su corazón o por la nube de teststerona que gira alrededor de cada grupo, desafiante.

Huele ese ambiente. Cargado. Agresivo. Seductor.

Después sigue observando como si se encontrara a plena luz del día... si para él existiesen los días. Detecta varios tipos de hombres, tan clásicos como el cuadro anterior. El que bebe asustado, viéndolas venir en un rincón, carne de cañón a la que destrozar en la primera línea de batalla.

Luego está el makoki de tres al cuarto, engominado hasta las cejas, dispuesto a irse a la cama con la primera que se cruce en su camino. Drogado. Débil.

Y por último está el tercer hombre de siempre, el que no termina de gustarle. Más que nada porque a ciertas horas de la noche es el único que tiene huevos de seguirle hasta su tumba. Eso cuando, en vez de dedicarse a escrutar las sombras, no le roba a la chica en el último momento. Porque ésos siempre dan sorpresas. Los hijos de la gran puta.

Todos se mueven dentro del local, dotándolo de vida propia. Son un microcosmos, pero ellos no lo saben. Allí está el que va a triunfar seguro, dirigiéndose ya hacia una cómoda pared en la que empotrar a la que lo ha escogido.

No muy lejos anda el que va a cagarla sin lugar a dudas. Él todavía no lo sabe porque está colocado y es un pobre idiota. En otro tiempo aquel primer amago, su mirada fija y turbia, la ira que guarda dentro le habrían producido a nuestro amigo un sentimiento de camaradería. Pero a aquellas alturas de su larga vida aquel prototipo de mierda le importaba lo justo: era mala competencia. Pero competencia, después de todo. Aunque, en este caso, ni siquiera eso. Ella tiene novio, capullo. Es evidente. Huele diferente. Pero los humanos no tienen tan desarrollados los sentidos como para descubrirlo, naturalmente.

Unos metros más allá dos fulanos se acercan por detrás, sigilosos, y miran a una chica que no los ve. El que sí los ha visto es otro hombre, un adversario dudoso, si tenemos en cuenta que no ha hecho movimiento de ningún tipo en lo que va de noche. Sin embargo los mira, con desafío combinado con media sonrisa que parece decir algo así como "ya estoy yo aquí". Los otros comprenden, cómplices, y desaparecen entre la bruma.

Nadie, ni siquiera los protagonistas de estas historias, parecen darse cuenta de todo lo que ocurre a su alrededor. Algunos ni siquiera se dan cuenta de que acaban de ser, por un breve instante, los héroes de una hermosa o terrible aventura que acaba o empieza esa noche.

Su presa tampoco. Pero eso va de oficio. Si se diera cuenta aquel sería su fin. La extinción de su pueblo.

No le gusta demasiado. De hecho es el tipo de chica que rechazaría probar en otras circunstancias. Pero esta noche siente furia bajo el pecho y no necesita sangre. Necesita muerte. Así que se acerca a ella, tan seguro de sí como siempre, mientras confirma mentalmente que aquella pija rubia no merece seguir en este mundo.

Aquello dura apenas unos minutos. Termina en el cuarto de baño poco después cuando, tras ofrecerla una absurda raya de cocaína (tan absurda como los humanos) la perfora el cuello con los colmillos y bebe su sangre.

Cuando mata su inocencia escupe y deja caer el cadáver. Está satisfecho. Pero pasaría el día metido en el baño si sus intestinos todavía sirviesen para algo.

La jodida chica sí era garrafón.

1 comentario:

Mimí dijo...

Conseguido el final impacante.