sábado, 26 de enero de 2008

Volverían a culparse

El día que se vieron por primera vez, él estaba sentado en la terraza del bar donde tomaba su copa cada tarde, a las seis. Ella nunca tomaba ese camino para volver a casa paseando al salir del trabajo, pero aquella tarde cambió la ruta de sus pasos para comprar un libro que le había encargado su amiga en la librería del final de la calle. Al verla pasar él pensó ver un ángel, tan alta, tan rubia, tan blanca, con ese vestido azul de gasa que acariciaba cada curva de su figura. La vió pasar y por primera vez en muchos años se dió cuenta de la luz que había en la calle. Se le paró el pulso y creía no respirar, siempre que recordaba aquel día le ocurría lo mismo. La miró, no podía dejar de observar la calidez de su rostro. Y ella, quizás por instinto, quizás porque así estaba escrito que fuera, giró la cabeza para mirar hacia esa terraza en la que él la observaba como quién avista por primera vez alguna de las siete maravillas, y notó como el rubor subía a sus mejillas, volvió de nuevo la cabeza rápidamente para dejar de mirarlo y para sentir como él seguía haciéndolo, hasta verla entrar en la librería.
Dio varias vueltas entre los libros mientras pensaba en esa mirada, en el hombre de la terraza, pensó en lo absurda que se veía pensando en él y decidió salir sin volver a mirar a
aquel extraño. Compró su encargo, se dispuso a salir y le miró, quizá eso también estaba escrito porque se había propuesto no hacerlo, pero le miró.
Y se sorprendió al encontrar de nuevo su mirada, sintió de nuevo ese rubor y no puedo más que volver rápidamente la esquina que la llevaba a su casa.
Esa noche él no durmió. Revivió cada uno de los pasos de ella, el movimiento de su pelo al volver la cabeza, ese rojo en sus mejillas al sentir de él en la otra acera. Dio música al contoneo de sus caderas al andar e imagino mil veces el tono de su voz. Y se maldijo otras mil veces por no ser capaz de levantarse, por sólo mirarla y no ser el hombre valiente que siempre quiso. Se atormentó cada minuto de aquella larga noche pensando en que ya no volvería a verla, llevaba años sentándose a la misma hora en el bar y era la primera vez que, aquel ángel, como él la veía, pasaba por allí.
La noche para ella se presentó igual de interminable. Cada vez se sentía mas estúpida pensado en aquel hombre. Era sólo alguien que la había mirado, una mirada sin más, sin importancia, seguro que la habían mirado así otras muchas veces. Pero sabía que no era así, nunca una mirada en una calle cualquiera, ahora su calle, le había dado un vuelco en el estómago, nunca antes había dejado de dormir por un extraño, ahora su extraño. Y ella, al igual que él, se atormentó por saberle perdido y por sentirse cobarde, por no cruzar la calle y por no verle nunca más. Al día siguiente él, puntual como siempre, a las seis estaba en su terraza tomando su copa. Aunque ya nada era como siempre, ahora esperaba con ansias verla de nuevo entrar en la calle iluminando cada hueco, cada resquicio. Y a pesar de que durante todo el día ella se había prometido no volver a pasar por esa calle, había decidido que todo era un absurdo y que volvería a su camino de siempre, sin saber como se descubrió de nuevo avanzando por el mismo camino del día anterior. Al verla
pasar él llego a dudar de que fuera cierto, la había imaginado tanta veces durante los últimos diez minutos que llevaba sentado en la terraza, que ahora no lograba saber si era cierta la presencia de su ángel. La miró de la misma forma que el día anterior, y ella justo en el mismo punto giró nuevamente la cabeza para devolverle la mirada, para demostrarse a si misma que no era una tonta, o quizás para demostrarse que si lo era, el caso es que le miró y de nuevo la calle quedó vacía para ellos. Caminó hasta la librería y entró, no podía creer que estuviera haciendo aquello, había entrado sólo para tener la oportunidad de volver a verle al salir, y así lo hizo, repitiendo cada uno de los pasos que había marcado aquella tarde, volviendo a cruzar esa esquina que la llevaba de vuelta a su casa. De nuevo habían vuelto a ser unos cobardes, ella había vuelto a no cruzar la calle hacía la terraza y él de nuevo había dejado de ser el valiente que siempre había soñado.
Y la noche se les hizo a ambos tan larga como la anterior. Volvían a culparse, volvían a soñarse, ella se prometía no volver a pasar más por su calle, y él se juraba una vez más que no dejaría que aquella rubia se quedara en poco más que una mirada angelical y un tormento para sus noches. Y para asombro de ella, a la salida del trabajo sin saber como, ya dije que quizás estaba escrito que así fuera, volvió a repetir ese camino que la atraía sin remedio a la misma calle y a los mismos ojos. Y allí estaba esa mirada esperándola de nuevo, la misma mirada cobarde que la dejó pasar de nuevo hacía la librería, que la dejó de nuevo entrar en ella y que de nuevo la dejó volver a cr
uzar la esquina de vuelta a su casa sin sacar las fuerzas necesarias para acercarse hasta ella y decirle que llevaba dos noches sin dormir pensando en la suavidad de su piel, en el tono de su voz, en ser el dueño del movimiento de sus rizos... de nuevo él la de dejo marchar. Pero sorprendentemente, todas las historias de amor tiene su sorpresa, a pesar de ver de nuevo como él se limitaba a dejarla pasar dedicándole no más que sus miradas, ella decidió en aquel mismo instante que pasaría cada día frente a él, que conseguiría que su extraño venciera sus miedos y cruzará la carretera que separaba sus aceras, ese pequeño espacio negro que separaba sus vidas. Y así fue como día tras días, como tarde tras tarde a las seis repetían la misma escena. Jamás ninguno de los dos faltó a su cita, siempre puntuales, siempre a la espera de su momento.
Poco a poco y quizás de manera inconsciente ella dejó de planear nada que pudiera entorpecer su paseo de las seis de la tarde por su calle. Se levantaba esperando ese momento del día, se arreglaba sólo para los ojos de su extraño, se peinaba sus rizos solo para él, y cuando compraba alguna prenda nueva no tardaba en estrenarla para saber si era del gusto de su extraño, había aprendido a ver en su mirada la palabras que nunca se decían, y así sin hablar él le contaba lo bella que la veía, lo bonita que lucía con su prenda nueva, cuanto podía llegar a brillar en cada uno de sus paseos.
Y así se fueron me
tiendo uno en la vida del otro. Cada noche él la soñaba entre sus brazos vibrando al hacerle el amor, la imaginaba paseando desnuda por su habitación buscando el último libro que había comprado en aquella librería del final de la calle... cuántas veces se vio tumbado en su vientre mientras ella perdía los dedos en su pelo. Y ella lo hizo tan suyo que cada noche lo invitaba a su cama, no hubo noche en la que el no durmiera abrazado a aquella rubia, aquella que supo hacer real la sensación de sentirle respirar tras de ella mientras la abrazaba al dormir. Ninguno de los dos pedía más. Ella ya no quería hacerle vencer sus miedos, ya no quería que cruzará la calle; y él ya no se sentía un cobarde porque la sabía suya de alguna manera, de aquella manera en la que sólo ellos dos sabían amarse.
Quizá, como dijo alguien alguna vez, el virus del miedo se apoderó de ellos y por miedo a que aquello pudiera romperse, por miedo a que la realidad no llegará a la altura de aquellos sueños creados por dos extraños que juegan a mirarse, nunca cruzaron aquella calle que los separaba, nunca se hablaron, jamás se tocaron. Y quizás no necesitaron más.
Ella se casó, tuvo dos hijos y un marido maravilloso al que jamás amo como a su extraño.
Él siguió los mismo pasos, se casó con la hermana de su mejor amigo, aquella pequeña que siempre lo adoró y que lo amó desde que tuvo uso de razón. La hizo feliz, le dio tres hijos, pero no la amo. Y a las seis en punto de cada tarde encontraban la vacuna de sus males, la mirada que los salvaba del naufragio. A las seis en punto de cada uno de los días de sus vidas seguía repitiéndose el mismo esce
nario, en el que ellos actores de su historia se encontraban para mirarse y contarse como había ido el día. Y fue aquella, la tarde de su muerte, la única en la que ella faltó a su cita. Y él no lloró, ni una sola lágrima dejo caer, fue una sonrisa la que adorno su rostro. Fue aquella tarde en la que decidió vencer el virus del miedo. Fue aquella tarde en la que decidió que se iba con ella, con su ángel, con su rubia. Fue aquella tarde en la que decidió que era el momento de pasar toda una eternidad a su lado. Dicen que los días de mucho sol, los días en los que toda la calle queda iluminada, hay quien ha visto a una rubia de cabellos alborotados y de vestido azul paseando de la mano de un joven moreno. Quien sabe si decidieron pasar toda la eternidad en su calle, a mi siempre me ha gustado pensar que son ellos.

No hay historia capaz de soltar la risa que llevamos dentro. Salud Guerrillera, en esto días de vino y rosas.

2 comentarios:

Pasion_intima dijo...

Que bella historia, como muchas otras que se escuchan en los pueblos, de ternura y moralejas, y dichos y vidas, sean o no reales, siempre hay alguien que puede hacer suya parte de una historia, un amor perdido por no haber sido valiente o un sueño inalcanzable que jamas se hizo realidad, un beso

Antonio D. dijo...

Gracias compañera por tus palabras.