jueves, 25 de julio de 2013
miércoles, 24 de julio de 2013
Cuaderno de Lluvia
Ayer pasamos la primera página en www.cuadernodelluvia.com Una nueva sospecha, una nueva esquina, una nueva ventana.
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Ser alas de un mismo vuelo...
viernes, 17 de agosto de 2012
Gastón Cahuita
Eran más de veinticinco años y su mirada pesaba más de noventa kilos. Los días, desde su atalaya secreta, bailaban en el espejo, al ritmo de las gotas que se desparraman cuando las brumas del Sáhara acechan al Sur de este páramo ensimismado, en uno de sus pasos veraniegos con el que se apretan la cintura las Cabañuelas y el río de espuma que conquista el valle.
Digamos que los días inciertos eran su única guarida, además de los sudores de Keroauc, la senda del perdedor Chinaski o la barba francófana de tío Julio. El barrio, a pesar de sus esquinas y las historias de gitanas por las que se rompió más de una vez la bragueta, eran para él un atardecer sin mantel ni vísperas de después, dónde tan sólo comía, cuando la luna escondía la noche en el redil de los seres inquietos. Hasta las hormigas despreciaban las migajas de aquella sonrisa, que miraba a la vez a dos mares distintos y que respiraba entres sus ojos, que no eran más que una herida viviente, que no terminaba de enconarse.
Ni siquiera las cenizas de aquel amor sideral descansaban encima del velorio, que las horas,a hurtadillas, iban tramando en el envés del calendario. Fumaba vértigo y nunca lo supo, jamás probó otra cosa que la droga más dura que los falsos dioses vendieron a Eva y Adán en aquella jodida manzana. Los días seguían pasando, como los trenes que atracaba en las faldas de las barras americanas de la aldea vecina o las cartas que escribía pensando en ella y que, más tarde, usaba para no pagar el ticket del tio vivo,a todas las féminas a las que picaba con su desvengonzado encanto. Y eso ella lo sabía.
Mirada esquiva pero te hablaba con el corazón en la mano. Puede que todo lo hiciera mal pero todo lo regaba desde dentro. Si ella andaba cerca, todos sabían que para él, ella era la medida del tiempo.
¿Qué mayor honor que el eco de su voz te lo reconozca en silencio?
Para Gastón, el mar seguía enfrente, a cien kilómetros (¿el mar cambió alguna vez de sitio?). Quizá por eso nunca tuvo carné de conducir, no pintó en la arena, ni volvió a bailar con Marley entrr las lágrimas que un día sorprendieron al Atlántico. Si hasta bautizaron a un tifón con su nombre...
El río permanecía a tres segundos si bajabas por las escaleras del Casco Viejo; la misma fracción de tiempo que sus dedos gastaban en destrozar la barrera del deseo: cuello, comisura, norte geodísico de la escalera de caracol de su culo, labios, sonrisa vertical. Tres segundos, el mismo tiempo, la misma distancia con la que te besaría si no viviéramos de espaldas, si los periódicos no hicieran de las suyas y se andarán prestos a revelar, de una maldita vez, la exclusiva que tus labios cerraron al escapar de cama en cama. Olvidaste que para jugar a la oca hacía falta un dado, dios sabe dónde mierdas está.
Las antípodas se pintan en el mapa tomando de muestra nuestras espaldas. Parece que ya les encuentro utilidad en este invierno que dura más de cuatro estaciones. Las autoridades pertinentes no modelaron plan de rescate alguno, ni para aquella ciudad que se buscaba entre los recovecos que los amantes perfilaban, ni para aquel tipo de lágrima fácil y manos heredadas de un tiempo hambriento; frágiles en su inmensidad y tan honestas como la ambigüedad de un beso en la oscuridad.
Gastón divagaba en su propia vida, su círculo perdía forma pero en sus playas aguardaba la vida entre miles de libros que jamás leería pero abrigarían torpemente aquella condena ineludible, de estirar el atardecer sin aquel ombligo que le dió la vida por segunda vez. En esta ocasión él la eligió aunque a ella se le olvidó el ticket de la pescadería. Dejó la raspa marcada en uno de sus brazos, con la sopa congelada y la espalda, dónde se guardan los secretos, mellada, sin blanca y con dos goles en contra en el descuento.
A pesar de que las treinta lobas,que un día durmieron en su ombligo, promovieran una colecta de besos para dibujarle al menos una sonrisa, él seguía, sin saberlo, pensando en ella, rompiéndole los muelles a la noche en habitaciones prestadas, en mujeres que pronto se cansarían de la violencia de sus caderas.
Sus manos llevaban la carga con la que en ataño agitaba sus cabellos. Su péndulo viril de deshacía entre los dedos, siempre a la hora de la siesta pero ella no era quién se reflejaba en el espejo. Más bien una sombra de barba rojiza e infranqueable,que crecía al borde del espejo sin acuse de recibo, con menos pelo y demasiados kilómetros en la carretera. Gafas western, pitillos con los bolsillos rotos y un arcón de ginebra para difamar a Cristo en la noche.
El verano se desparramaba sin letanía, al igual que los hilos de su cabellera, en silencio e inevitablemente como las horas al volver las esquinas, que también se repeinaban aunque sólo por instinto. Su craneo, cada vez más ligero, se especializaba en túneles salados. Todas quedaban satisfechas, incluso recomendaban sus artes a las demás de la pandilla. No era una rifa pero si te mordía date por contenta, no todos los días te toca la lotería.
Las calles ya conocían sus chancletas de cuero viejo, su hombrura eslava y ese tinteneo de caderas a caballo salvaje entre el grandullón que te birlaba el almuerzo en el patio del cole y el gigante verde de la lata de guisante. Eran más de veinticico años y los cojones del alma se inmolaban día sí y día no. No sé cansaba de ser distinto, él vivía eligiendo lo más sagrado, ya sabes. Lo demás,la distancia y al curioso azar se encangarían de ordenarlo. Desaparecía por el barrio viejo, merodeaba con un papel y un grafito por el Balcón del Muro mientras los jauría tiraba piedras a un pueblo cansado de bostezar anhelos, sin mostrar los dientes al cerrajero.
El verano iba perdiendo lunares y Gastón buscaba nuevos mares en las veinteañeras. Misteriosos puzzles que se perdían entre las camisas, que siempre llevaba puesta, de cuadros, estampadas de flores, jironeadas por los buitres. Siempre llevaba encima algo de su abuelo, a veces la mala leche, quizá el cinismo que nunca tuvo o un peine manido para destripar la madrugada. Nunca se olvidaba de la pitillera Blande de plata, que un día birló en el rastro viejo de Belgrado. Y era fácil desnudar a esa chica que pronto estudiaría anatomía en la universidad. Clases particulares le ofrecía, encima sólo se lo cobraba a la sábana de estrellas, que hacían de refrigerador entre tanto lobo aullando a la noche.
Mientras todo lo demás no tenía sentido, 'El hombre unidimesional' de Marcusse triunfó en este rincón, el SuperYo era la nueva canción del verano y ella que no pasaba por su puerta a barrer las lágrimas, qué más dará.
Gastón nació en Cahuita,vivió en Cahuita y amó y se besó en Cahuita. Ella es la única que sabe del tesoro que guarda. Él la enseñó a bailar, a mirar en los ojos del mundo para darle la espalda a la mediocridad asesina que rodea esta isla. Ella lo sabe, créeme, aunque jamás se atreva a mover ficha, tiene el culo algo más gordo.
Gastón se marchó. Andaba cerca de una ventana, tendido ante el ocaso de su juventud. Gastón dejó esta nota en el quicio de mi rosetal, en ventarrón que era mi habitación.
Era la primera vez que escribía, y eso se aprecia. Su nota es un puzzle, un crucigrama para halcones. Creo que la vida siempre comienza a deslizarse al unir una pieza con otra, qué descubrimiento. Recuerda a tu primo pequeño o mírate la frente en el espejo. Uniendo casualidades, separando el día de la noche, el aire del viento, la sal del mar, el tango de su cintura. Aquí comienza todo, o al menos eso parece.
Gastón, guárdese una por si acaso, no olvide el hielo picado. Quizá ella se pague la última ronda. Quién sabe.
lunes, 23 de enero de 2012
Ropa tendida
Entró en la habitación y la vida quedó intacta, en silencio, tendida encima de la mesa. Los recuerdos andaban esparcidos con un ritmo desconocido que mezclaba el olvido con las heridas. Heridas que me convertían en héroe de una batalla indemostrable. La sal de los recuerdos no cicatriza. La estantería pintaba historias distintas según la madrugada. Habían noches que acercaban trenes repletos de nieve, vagones con polizones y espías rusos, caras de miedo, música country; sueños y horizontes sin apenas equipaje con unas monedas dibujadas en los bolsillos... En otras, los viejos indios danzaban entre los dioses implorando lluvia para la reserva.Ya las últimas lunas borraban las letras, los colores, la alegría de aquellos libros que cambiaban de lugar o acaso de vida. Las novelas siguen apiladas con algo más de polvo, no lloran y no te olvidan porque saben que las echas de menos. Andan a la espera de tus manos, tan sólo tu podrías utilizar la escalera.
La habitación estaba cansada. Al igual que los ojos que se reflejan en el espejo. Son tiempos complicados para bailar y apostar pero no queda otra. Quizá aventurarse a liberar los sentidos o maldecir el vértigo que la ciudad asoma, puede que sirva de coartada y se dibuje un atardecer distinto. Hay también miradas que duelen, que nos duelen en sitios donde ningún mapa pueda localizar. Por el barrio encuentro vidas que ya he leído. Y es una mirada con una mano extendida que lucha contra la perra vida, la que te parte por dentro, te quita el aliento y te enseña lo que todavía no habías aprendido. Ya no hizo falta enchufar el telediario, leer el periódico o estudiarme los consejos de mi viejo profesor. Quedan miradas que lo llenan todo, ni siquiera una buena novela puede desvelar el enigma de unos ojos enfrentados por una casualidad.
Subí las escaleras con las palabras de aquel joven. Al menos le robé una sonrisa, puede que fuera lo mejor que me llevaría a casa en meses. Construí un pájaro de papel con las palabras más bondadosas que pude imaginar, dibujé barcos y aviones de última generación. La ventana seguía abierta, y se esfumó junto a los pájaros que vivían en mi cabeza. Al final de la tarde no tenía claro si todas esas palabras iban para el jóven o si mis quimeras volaban junto aquel pájaro. La habitación también duerme.
La vida seguía tendida. Observo a la gente del barrio, leo el mundo a través de sus miradas. Pocos reparan en los claveles que se descuelgan de los balcones, en los escaparates de los kioskos. Eso claveles saludan al nuevo día porque alguién silenciosamente los riega. Éstas son las únicas señales de tráfico que importan. De idiotas es plegar los ojos ante la belleza de los cotidiano o esconder la rabia contra la injusticia. Pocos barren el portal y reciclan lo que esconden sus recogedores, pocos cruzan un saludo de buenos días para comprobar si la maruja del segundo lo lleva de postizo. En sus vidas pasa lo mismo. Desayuno en un bar, comparto tostada y aceite con los abuelos que no tengo en la ciudad. Hablan, discuten entre carajillos, se enzarzan contra Mourinho,comparten miradas... comparten. Quizá sea un objeto extraño en su rutina diaria pero cuando departimos siento cómo recuestan su cabeza sobre el hombro, y comienzan las preguntas, a veces les falta darme un caramelo. Cuando hablo siento que me toman la lección. La gente que no se hace preguntas muere cada día un poco más. La gente que no vibra, no se contradice, que no se desnuda no me interesa. Hay gente que se besa frente al espejo y no se reconoce a pesar de que lleve el smartphone repleto de semidesnudos. Y ésa es la misma que se consume lentamente... y nunca podrá dejar huella. Los domingos los únicos ríos que cruzan la calle vienen de la orina del malvado, del asesino de las letras, de jóven aprendiz de la nada que todavía no puede contar algo interesante que le cierre la boca. Me molesta el olor. Todos alguna vez hicimos algo parecido. Y sólo se puede caminar si hemos aprendido lo que nos llevó a errar. Perdonar jamás puede ser divino.
Salí del bar y me encontré con una pareja de ancianos. Andaban discutiendo pero sus manos entrelazadas se aferraban a la vida con la firmeza del bastón de mando, de un general imaginario que se aferra al poder. Él suspiraba mientras ella refunfuñaba con cierto desdén y le leía las tablas de Moisés con una estridencia inusitada. El hombre se frenó, unos segundos de mirada estatua, y le clavó un beso. La señora le contestó que siempre las discusiones terminaban así... Estaba seguro que se juró así mismo que sería el Clark Gable de su propia vida. Quién no soñó con que cualquier guerra terminara con una flor clavada en el cañón.
La vida seguía tendida, y ya no goteaba. Me recordó a un beso con arena que el tiempo retrató en la piel de la memoria. Hay fotos que abrigan como el sol en la noche más fría. Y sé que todavía es real porque si cierro los ojos lo podría repetir. Sé que andas cerca porque escribo mientras el viento y la distancia ordena lo demás. Y no eres un recuerdo ni estas cerca del olvido. La foto estaba en una caja de madera. Se le puede robar a la tragedia una sonrisa, y eso jamás impedirá amar, amar sin más ley que la del deseo y alejando la carga de los buques perdidos sin olvidar quién rescata lo vivido. Se mira al mar porque en Madrid yo puedo ver el mar. Sigue aquí enfrente, cerca de una luna dividida, pendiente del baile de unas cortinas al igual que mis caderas. Las sábanas están sin estrenar, los pies limpios a pesar del camino, los dientes cepillados. La mochila llena de libros. Recojo hojas secas cuando paseo para poder pintarlas, y compro postales y tengo apalabrado con mis ganas un par de destinos. Uno vive en los lugares donde ama. Y amar jamás se podrá conjugar en pasado. Todo era de los otros o de nadie, eso era antes.Hay miradas que adivinan, silencios que desvelan, calles que te envidian y abrazos que regresan. Olvídate del mapa pero no te olvides del tesoro. Y sé que vendrás, y créeme, no me importa cuándo.
jueves, 29 de septiembre de 2011
Ventanas
Me escribes amor, cojo un avión, maldigo a la desmedida realidad de septiembre por verte. El día miente desde el espejo del coche, las ganas se refugian en gotas de lluvias que pronto abrigarán tu ventana. Conversaciones como luces intermitentes, brisas acariciando tu pelo, huellas que no son el destino pero que stán escritos encima de nosotros, bailo sobre tus huellas.
Sé que tus palabras con la distancia no poseen este tono lujurioso que traducen tus ojos cuando a los dos sólo nos separa un suspiro, que los aires perdidos de tu pelo guardan espacio infinito para mi abrazo, besos de sótano sin luz donde me esperas sin que nadie nos espere. Por fin mañana cuando se despierte el día entre tu "puedes pasar" a medias y lágrimas sacadas de contexto sentirás las flores golpeando tu pecho, se descifrará el crucigrama que las calles tejieron, se abrirá el abanico al igual que el amor que llevamos en la boca. Este tipo de historia pierden valor cuando se cuentan con palabras. Así tendrá que ser, bajo la llave secreta de las miradas, las manos intensas del deseo, lunas al fondo de tu falda.
Pero también sabemos que sería una mentira olvidar esas palabras desnudas, inventar su cadaver en el bar de la esquina, desprender pétalo a pétalo los besos que vendrán, pronto y que alegrarán la cama, la casa vacía, las canciones que se escriben a oscuras entre jadeos, suspiros, temblores.
Vengo sin idioma, sin palabras voy hacia tus esquinas. No se me ocurre decir nada pero supongo que hablaremos desnudos sobre esto, algo después ,quitándole importancia, ojos cerrados en un abrazo. Tus manos y las mías, y las dudas se irán con el desayuno.
sábado, 28 de mayo de 2011
Las horas

Las horas revolotean encima de la mesa. Amancecen así, esparcidas entre lapiceros y carboncillos absurdos de un pintor que se despista en cada cuadro, vacila en las acuarelas del olvido, se deshace en los pasteles de tu ombligo.Cerca, esqueletos difusos que la noche riega con con las gotas incansables de sus sombras.Una perezosas hormigas moran las esquinas, algunas se atreven a ralentizar el tocata donde Lennon siembra tempestades. Así se traman los días . Horas que nacen de una verdad absoluta anestesiada por una duda, o por miles distintas y brotan de la misma caricia aunque el paisaje torne desnudez, aquel árbol ha crecido, atiende que aquí están mis cerezas. Desnudos de champagne que en mi copa te vas llevando, siento cómo agujerea la bilis del sueño invisible, el mismo que se postra debajo de la cama sin salida de emergencia y con leve escape de gas; polvo rasgado en las vestiduras venideras, días extraños, cuerpos clandestinos que se pierden como el agua sucia que corre por la calle cuando la vieja limpiaba el portal. Las burbujas desatan las horas de la ira, las fotografía se rompen, quedan los rostros, los vivos colores del revelado, mis manos humedecen, la reflex sigue encerrada en el cajón imposible . Son aquellas horas perversas la que gravitan en este colchón, tus arañazos los escribo en hielo, y la botella de ginebra ya no se asusta. Aunque suena a la canción, no sé prefiero días iguales o días distintos. Sírvete otra, no queda nada más en este cementerio.
domingo, 30 de mayo de 2010
Pablo y sus abuelitos

Cieza es una de esas miles de esquinas que teje el tiempo a su antojo. Quizá sea el mapa necesario para confundir miles de sentimientos. O un laboratorio impreciso, tan necesario como invisible, a veces.
De buena mañana, la alegría paseaba cerca de un nieto que agarraba a su abuelo como si la vida dependiera de ello. La seguridad que da beber de la experiencia.
Pablo, no sabe todavía lo que es el hambre. Ni se imagina la desesperación que provoca. Tampoco entiende la necesidad que tuvo su acompañante de marchar a Francia. Que si a la vendimia, que si a la fábrica de Renault o a talar árboles en Córcega para que los suyos tuvieran un poquito más de leche en polvo, y olvidar las tórtolas de colores... Ni cómo tuvo el valor de dejar a su abuelita en Cieza con lo guapa que era. Aquella mujer con aquella mirada. Con tanta dulcura.
Pablo, es un experto en fotografía. Incluso se defiende cuando le da por jugar con su bombardino. No olviden que tiene 12 años. Casi todos los domingos, merienda con los abuelos. Siempre repite con lo mismo, de sobra sabe lo que quiere. Después de pegarle el palo a la caja de galletas y reponer la caja de caramelos. Rebusca en el escritorio del abuelito. Encuentra de todo: sobres con direcciones en francés, recortes de Le Monde, algún que otro franco, un par de lágrimas: heridas de un tiempo que nunca se olvida. El material perfecto para construir la próxima odisea.
Antonio también le contó a su nieto, la historia del hombre bueno que le regaló a Cieza un hospital. Hoy, tuve la suerte de compartir destino con Pablo. Al acercarnos a Cieza, comenzaba a explicarme lo bonita que era la Atalaya (de su pueblo). Y que por favor bajara con él al río a pegarnos un buen chapuzón.
martes, 8 de diciembre de 2009
Juliette

Sonaba el despertador a modo de "toque de queda". La noche anterior fumó algo más que mil cigarrillos, aún así necesitaba el oro verde para no confundir el aire fresco de la mañana.
Al otro lado de la cama, un quejío aturdió su amanecer. No recordaba el etílico plan que diseñaron sus manos, ni en qué boca pasó la noche pero sí cierta escena de un servicio con doble espejo que no perdonaría al protagonista. Al menos pudo sentir la resaca de una farra histórica. Las botellas de Cardhu invitaban a sumarse aquel homenaje: damas jodidamente preciosas y empolletadas para el "affaire", música de Cohen, literatos en calzoncillos, y pintores afilando cuchillos. Todos jurarían que aquella cita pareciera estar diseñada por el enano de Toulouse -Lautrec en el París del escándalo.
Desveló su entrepierna la dureza de aquella dama, y la senda pintada de placer que desdibujaba sus olorientas sábanas, las mismas que no cambiaba hasta que el frío las tornara en amarillo viejo. No sabía qué coño hacía allí.
Y robó a Buddy Holly la fuerza de "Crying, waiting, hoping". Lloró un rato, incrédulo, mientras la silbaba; secó su rostro atracándose un tapón de Dyc. Recordó, ese era su verdadero rezo la vagancia de madrugar. Se giró, persiguío con su hombro la senda: allí seguía ella.
Él seguía mirándola. Retorcía el ceño con el afán de asombrar algo de lucidez a aquella escena. Se puso de nuevo, intentó recordar. No tardó en volverla a dibujar con sus dedos, hasta que su meñique interrumpió el canto de la dama. Truncó los ronquidos con un pulsar seco que sonó como un signo de interrogación.
Ella, una lolita algo pasada en carnes. Su salvaje cabellera guardaba un rostro pálido, de virgen de Murillo. Llevaba tatuado a Vallejo, curioso. Al sur de su ombligo se descubría un verso enigmático: "Murió mi eternidad y estoy velándola." Su pezones incluso superaban a los de Bardot.
Aquello cerró la interrogación, y mostró la admiración de su pene. El eco de su mirada le hacía resbalar entre esos muslos; verdaderos mapas de intensas batallas . No pudo parar, su silencio abrazaba cada paso estúpido que daba. Con él, resolvía las penúltimas dudas. Dejó que su reloj matara el tiempo, así el tacto planearía como único idioma. No volvería a pronunciar palabra hasta que le quitó un Coronas. Se puso a trasladar nuevos aires a la habitación, le jodió el último cigarrillo de la estrecha cajetilla.
Sus primeras palabras fueron dulces. Se preguntaba, con un marcado acento parisino, la procedencia de aquella mierda de colchón que tenía. Más tarde, recabaría en lo absurdo de la escena. Él quería seguir soñando su tatuaje, con el pretexto de poder sellar con su boca los tres puntos seguidos que le faltaban... que él creía que le faltaban.
Juliette, que así se hacía llamar, consultaba con sus uñas la belleza de sus manos.
Empezaron sus elegantes yemas a surcar los valles de su rica anatomía, al ritmo de una melodía, que casi sin querer clicó el melómano. "Ball and chain" de Janis Joplin. Los mares de su espalda arremetían contra las olas que forzaban sus caderas. Él, impávido veía aquel sainete con cierto nerviosismo, esperando que aquellas manos clamaran la presencia de su cuerpo. Seguía la quebrada Joplin insuflando aire melancólico. Juliette utilizaba con más precisión su otra mano, en danza canibal, enseñaba la raíz de aquel tatuaje. No paraba de tocarse, volvió a subir algo más que la pulsación del pintor. Porque él, al menos jugaba a ser pintor.
Tocó su malherida barba con el pulgar, selló sus labios mientras cantaba la última de Serge Reggiani. Se volvía ciego, ya no importaría el color de las sábanas o si el tocadisco quemara su último cartucho, sostenía entre sus manos la dulzura de Juliette,la fruta fresca camuflada en carmín de sus carnosos leviatanes.
Y entre sus piernas...
Volvería a sonar por segunda vez el despertador, y esta vez no perdonaría. Desperté eso sí, no con Juliette sino con el rastro de un sueño que sí cambiaría el color de las sábanas. El nuevo día para colmo amanecía con un exámen de "Filosofía Política Contemporánea". Y a Juliette la esperaba en mi ombligo. "Juventud, divino tesoro".
lunes, 20 de octubre de 2008
A veces suele...

Regalan soluciones para la crisis, el gobierno argentino nacionaliza las pensiones privadas, Wall Street sube más de cuatro puntos pero Collin Powell bromea con ser Demócrata, 18 muertos en el motín de la cárcel mexicana de Reynosa. Mientras,nosotros, cómo no seguimos encogidos, taladrando gritos, aullidos, bramidos al envés del almohadon. El tiempo se nutre de segundos, de partículas congruentemente atemporales invertidas en esperanza, que queda congelada en tu cuerpo. Solo cuando rescatas mi última dicha o juegas al despite tras mis cínicos sentidos.
Noviembre es lo que tiene, comienzan a llenarse de letras las notitas fluorescentes que perfilan los Lunes: primeros avisos de pago de matrícula de la universidad o la mañana perdida en reprografía buscando la programación de Historia del Pensamiento Social y Política, libros de Kapucinski, pestañas de tus noches...
Es tiempo de amar por cualquien poro de tu insulsa máquina de vida, de alzar la voz, una vez más, para aliviar el tedeo, ese que ni tan siquiera, ya, traen las golodrinas. Almendros que lloran cuando nos subimos a Madrid. Arrebato a los días esa daga que a muchos ahoga, que ciega hasta con frialdad. Herejes, somos casi siempre, dentro del margen de incertidumbre, con la pluma descosida de verosimilitud y en la mesilla de Cesar Vallejo. Amemos sin acuse de recibo, sin vísperas, con saña. Ah! Y de rezar a dioses que no creen en nosotros.
Salud,con vértigo de estraperlo.
jueves, 18 de septiembre de 2008
Un silbidito
El frió alarde su existencia en el hueco de mi pecho.
Me da muestras de que aun quedan tus pasos caminando hacia algún cielo del norte. Me habla de lo prestado, como besos, y tu sal, efervescente en mi sangre.
Sé por él, también, que tus noches colapsan cuando caen plumas de pájaros que alguna vez trajeron caricias, cuando en el reloj no caben suficientes agujas para marcar las horas en que recorres su contorno.
Ya no me sorprende vivir en tu aire, en el eco de un llamado que viene de las paredes, que soñó una mañana al salir de mi boca.
El humo en el que vas, del que yo también soy esclavo, es humo de las cenizas de nuestras palabras, de las ilusiones con vencimiento y de acordes que suenan en una canción.
Algún día, cuando tus ojos descansen del temporal que te acecha, podrás leer en la luna, el presagio que la madrugada esconde. Se hará cargo de tus dolencias y de otros amores que no saben de heridas.+
sábado, 26 de julio de 2008
lunes, 7 de julio de 2008
Dos versos
que se arremolinan en el regazo.
No los quiero ni los pretendo
¿Quién los quiere? los regalo.
¿Quién se atreve a disuadirlos
de la bruma y del espanto?
¿Quién pretende tan siquiera besarlos?.
Regalo los dos versos
que me tienen atormentado.
jueves, 12 de junio de 2008
Desde una ventana del Mar Menor

Me acaricias
con tu cuerpo revoltoso
cubriéndome de algas
o de pececillos despistados
que resbalan entre mis dedos
como tu espuma blanca,
como el canto melifluo y sincopado
de tus risas y de tus quejas.
Me sumerjo en ti
y me mandas tu mensaje
de caracolas lejanas,
o me golpeas duramente con tus olas
zarandeando mis silencios
que quieren esconderse
del otro lado del inicio del levante.
A veces me arrastras,
me llamas desde tus corrientes
escondidas y falaces
susurrándome con tus resacas
promesas de sirenas y jardines
mar adentro...
Y a veces estoy a punto de creerte.
lunes, 26 de mayo de 2008
Eurozona
Bruselas, a 5 de Abril de 2008
Cerca de mis dedos,
al sur de cualquier deseo, la "Grand Place" levita hiriente
en este atardecer en el que me descubro.
Orta,aquel genio del Art Nouveau pensó lo mismo:
un café en el que se sirven tés,
catedrales en las que se desatan fiestas privadas;
un país surtido en mil, aunque unido por una bandera
al son del himno de la alegría,
con estrellas y fondos azules.
Ella descansa estirada
en un hilillo de chocolate,
en sus artes tomamos el combinado más europeizado.
La arena de sus calles
lubrica el último engranaje
de este recodo sin bruselizar.
El pulmón agujereado de la vieja europa,
límite del pensamiento ilustrado,
pasea su historia a gran velocidad
atenta a sus desvaneos.
Sin dudas, sin pausas
"ligera de equipaje".
Resuda la plaza alegría, contagiosa
a veces, codo a codo
entre "inglés " y "francés".
El camarero recoge
el último vaso que resistía en la mesa.
Mañana otra batalla,
cerca de Waterloo: Brugges.
Aunque sin ti, sería un espejismo.